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Ver desde el corazón: sobre el ángulo que nos ciega

Una lectora me escribió que quería leer mi libro pero no podía. Le contesté con impaciencia. Lo que pasó después cambió cómo entiendo casi todos los conflictos familiares que acompaño.

· 2 min de lectura · Felipe Bozzo Smith

No era un buen día.

El hielo de una sutil traición parecía haber eclipsado todo el mundo a mi alrededor. Pequeños infortunios, a los que damos más importancia de la que merecen, se habían apoderado de mis pensamientos y me secuestraban las emociones hasta impedirme disfrutar lo mucho que tenía al alcance.

En ese estado de hiperestimulación límbica —ese mismo que en el modelo HALT vuelve a cualquiera más frágil de lo que cree— entró un mensaje a mi bandeja.

La conversación

«Hola, me gustaría leer tu libro», decía Jeny.

«Lo puedes comprar en mi página», contesté en automático, ya impaciente.

«Me encantaría, pero no puedo.»

Pensando que el problema era económico, le ofrecí el PDF gratuito.

«No es ese el problema, puedo comprarlo.»

¿Cuál es el problema, entonces?

«Perdí el noventa por ciento de la vista hace dos años. Pero escucho tus videos todos los días; por eso sé que tienes un libro.»

Lo que vino después

Un escalofrío me sacó de mi desgracia imaginaria y me devolvió al presente. Me disculpé por mi falta de empatía.

Ella, sin rastro de reproche, respondió: «No te preocupes, he aprendido cosas maravillosas en este camino.»

Conversamos. Y mientras avanzábamos, caí en algo que no he olvidado:

Jeny, con el diez por ciento de la vista, veía con más claridad que yo con el cien.

Con el tiempo se hizo mi amiga. Asistió a mis conferencias con su bastón y su sonrisa, y llegó a ser la primera estudiante no vidente en cursar mi diplomado de liderazgo.

Por qué traigo a Jeny a un libro de empresas familiares

Por una razón muy concreta.

La mayoría de los conflictos de la empresa familiar nacen de lo mismo que casi arruinó mi día: la incapacidad de salir del propio ángulo.

Cada uno mira la realidad desde la posición que le conviene —yo soy el bueno, el otro es el malo— y se ciega a todo lo demás.

Jeny me enseñó que la claridad no depende de cuánto ves, sino de desde dónde decides mirar.

Y que, a veces, el que cree tener el cien por ciento de la razón es, justamente, el que menos está viendo.


Este texto es el segundo interludio del libro «Tus hijos van a destruir tu empresa».

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