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Sueldo de los hijos en la empresa familiar: cuánto y con qué criterio

Es el número que más se esconde en la familia empresaria. Pagar de más, pagar de menos o pagarles igual a todos son tres formas distintas del mismo error: usar el sueldo para decir cariño en vez de para pagar trabajo.

· 8 min de lectura · Felipe Bozzo Smith

Hay una cifra que en la empresa familiar se conoce con más precisión que el margen del negocio y se conversa menos que cualquier otra: cuánto gana cada hijo. Todos la saben. Nadie la pone sobre la mesa. Y cuando por fin aparece, casi nunca aparece como un tema de sueldos. Aparece como una pelea por otra cosa.

Lo digo de frente: el sueldo de un hijo no es un asunto de dinero, es un asunto de lugar. Cuando un miembro de la familia mira lo que recibe, no ve solo una cifra. Ve cuánto se le valora, cuánto se le reconoce, qué lugar ocupa. Por eso el dinero, mal gobernado, es el combustible más inflamable de la familia empresaria. Basta una chispa.

¿Cuánto debería ganar un hijo en la empresa familiar?

Lo que ganaría cualquier persona en ese cargo. Ni más por el apellido, ni menos por el apellido.

Parece obvio y casi nadie lo cumple, porque para cumplirlo hay que haber hecho antes una separación que a la mayoría de las familias le cuesta: distinguir el sueldo por trabajo, el dividendo por propiedad y el gasto del negocio. En las primeras etapas, empresa y familia comparten una sola billetera: el negocio paga el auto de la casa, las vacaciones, el colegio de los nietos. Cuando crece, esa billetera única deja de ser cariño y pasa a ser opacidad: nadie sabe cuánto cuesta sostener a la familia ni cuánto vale la empresa, y la rama que «saca» más pasa por privilegiada aunque nadie lo diga.

Con las tres billeteras separadas, la pregunta del sueldo se responde sola: el cargo tiene un valor de mercado, y ese es el sueldo. Lo que el hijo reciba además por ser dueño se llama dividendo, se decide en otra mesa y con otra regla. Y lo que la empresa gaste en la familia se llama gasto, y tiene que verse como tal.

¿Por qué el sueldo de los hijos es el tema que nadie toca?

Porque se usa para decir lo que no se dice de otra forma. He visto tres versiones del mismo error, y las tres se sienten generosas mientras se cometen.

  • Pagar de más. El sueldo como subsidio disfrazado. El hijo cobra por un cargo que no existe o por una responsabilidad que no ejerce. Él lo sabe, el equipo lo sabe, y el gerente externo que sí ganó su lugar lo registra y empieza a buscar la salida.
  • Pagar de menos. «Después va a ser tuyo.» El hijo trabaja por debajo del mercado durante años, con la promesa implícita de que la empresa lo compensará algún día. Eso no es un sueldo bajo: es una deuda que nadie contabiliza y que el día del reparto se cobra con intereses.
  • Pagarles igual a todos. Tres hermanos, tres cargos distintos, un mismo sueldo, para no herir. Igualdad es darles lo mismo a todos; equidad es darle a cada uno lo que corresponde a su aporte, su rol y su trayectoria. Un sueldo igual para trabajos distintos no compra paz: compra silencio, y el silencio en la familia empresaria siempre tiene fecha de vencimiento.

En las tres versiones el sueldo deja de pagar trabajo y pasa a repartir afecto. Y el afecto, que sabe abrazar, no sabe medir.

¿Con qué criterio se fija el sueldo de un familiar?

Con el mismo criterio que para alguien que no lleva el apellido.

Figura 17 del libro · L2, gestión basada en mérito: el círculo que dignifica (el lugar se gana) y el círculo que estanca (el lugar se hereda).
Figura 17 del libro · L2, gestión basada en mérito: el círculo que dignifica (el lugar se gana) y el círculo que estanca (el lugar se hereda).

El eje L del Modelo FLY+ mide exactamente esto en su segunda variable, el mérito: ¿los cargos se asignan por competencia demostrada o por cariño y apellido? La meritocracia bien entendida no es una amenaza para la familia: la dignifica. Le deja al hijo ocupar su lugar por aporte real y mandar con autoridad legítima. Cuando un familiar sabe que ocupa su posición por mérito y no por apellido, su confianza en sí mismo es genuina, y su autoridad ante el equipo también.

En la práctica, el criterio son cuatro preguntas, en este orden:

  • ¿El cargo existe porque el negocio lo necesita? Si el cargo se creó para acomodar al hijo, no hay sueldo que lo arregle.
  • ¿Cuánto paga el mercado por ese cargo? Esa es la referencia. Se puede pagar un poco más o un poco menos, con un motivo escrito, pero la referencia es el mercado, no la familia.
  • ¿Quién lo evalúa? Un jefe que no sea papá ni mamá. Alguien que pueda decirle que no está cumpliendo, y que pueda decírselo al fundador.
  • ¿Con qué vara? La misma que para un no familiar. Mismos objetivos, misma frecuencia, mismas consecuencias.

Si una de las cuatro respuestas es incómoda, ya sabe por dónde empieza la conversación. Y conviene que esa conversación quede escrita en el protocolo familiar, como política de remuneraciones, antes de que el siguiente hijo pida entrar.

¿Qué pasa con el hijo que «todavía no está listo»?

Que no entre todavía. Y que la regla haya existido antes de que él quisiera entrar.

La herramienta se llama política de incorporación familiar, y el libro la resume en cuatro requisitos: experiencia previa fuera de la empresa (tres a cinco años en otra organización), un cargo real que exista porque el negocio lo necesita, un jefe que no sea el padre ni la madre, y una evaluación con los mismos criterios que para un no familiar. El familiar que entra así lo hace por aporte real, y el sueldo deja de ser un problema porque se parece al de cualquiera.

Figura 19 del libro · L2: los cuatro requisitos de la política de incorporación familiar, y el cargo inventado que destruye la legitimidad.
Figura 19 del libro · L2: los cuatro requisitos de la política de incorporación familiar, y el cargo inventado que destruye la legitimidad.

El error clásico tiene una frase: «Démosle una oportunidad, total, es de la familia». Crear un cargo para acomodar a un familiar es la decisión que más silenciosamente destruye la legitimidad de toda la empresa. Y tiene una consecuencia que el fundador rara vez ve: que un hijo lleve años «en la empresa» no significa que esté preparado. Puede haber pasado esos años en cargos creados a su medida, protegido del fracaso. La presencia genera antigüedad; solo la responsabilidad real genera criterio. Y el sueldo, en ese caso, no está pagando trabajo: está pagando presencia.

Y un desperdicio aparte: en demasiadas familias, la hija más preparada del sistema nunca fue considerada para dirigir por el solo hecho de ser mujer. No hizo falta prohibírselo: bastó con no ofrecérselo. Si en su familia hay una mujer preparada a la que nadie le ha hecho la pregunta, la primera reforma no es una tabla de sueldos. Es esa conversación.

¿Y el hermano que no trabaja en la empresa?

Cobra dividendo, no sueldo.

El dividendo se reparte por el solo hecho de ser dueño; el sueldo paga el trabajo. Sin una política clara brota un conflicto arquetípico: el hermano que trabaja en la empresa quiere reinvertir, porque ve el potencial, cobra sueldo y mira a largo plazo. El que solo es accionista quiere repartir, porque no cobra sueldo y su único fruto es el dividendo. Ninguno se equivoca. Tienen intereses estructuralmente distintos por el lugar que ocupan. Pero cuando además el hermano que trabaja cobra un sueldo que nadie explicó, el accionista lee ese sueldo como un dividendo encubierto, y la tensión se personaliza: «mi hermano se está llevando la empresa por planilla».

La salida es aburrida y por eso funciona: un sueldo de mercado, público dentro de la familia, para el que trabaja; una política de dividendos escrita para todos los dueños; y ninguna de las dos cosas mezclada con la otra. Cómo se ordena el resto del reparto lo desarrollo en cómo repartir la empresa familiar entre hermanos.

¿Quién pone la cifra sobre la mesa?

Alguien que no lleve el apellido. Si tuviera que recomendar una sola jugada para una empresa que empieza a profesionalizarse, sería incorporar al primer director externo independiente: sin apellido en juego, sin depender del sistema, con carácter para sostener una opinión incómoda frente al dueño. Hace lo que ningún familiar puede hacer: formular la pregunta que dentro de la familia nadie se atreve a formular. «¿Por qué este cargo lo ocupa tu hijo y no el mejor candidato del mercado?» Dicha por un par externo y respetado, esa pregunta no se vive como traición. Se vive como oficio.


El mérito es una de las nueve variables que mide el diagnóstico FLY+: si en su empresa los cargos se ganan o se heredan, y cuánta distancia hay entre lo que el fundador cree y lo que los demás perciben. Este texto es parte del libro «Tus hijos van a destruir tu empresa», donde el tema se desarrolla en los capítulos «El Dinero», «L — Lógica Empresarial» y «La Siguiente Generación».

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